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4. Principales disciplinas filosóficas (I): La ontología.

Metafísica u ontología
Es la rama de la Filosofía que ha tratado de explicar qué es el ser, en general. Pero, ¿qué quiere decir esto? Comencemos por considerar, aplicando nuestros conocimientos de gramática, que la palabra ser es, antes que nada, un verbo en modo infinitivo. Un verbo que por cierto, usamos todo el tiempo: en efecto, casi cada vez que hablamos decimos que algo “es”, “fue”, “será”, etcétera.
Ahora, como todo verbo en modo infinitivo, “ser” es el nombre de una acción, es decir, de algo que se hace. La acción indicada es la de existir, estar en el mundo. También usamos el verbo ser, con mucha frecuencia, para decir cómo son las cosas. Decimos, por ejemplo: el carro es rojo, la puerta era de madera, tú eres un buen amigo, etcétera. A este uso del verbo, según la gramática, se le llama copulativo, y sirve para atribuir una característica al sujeto de la oración.
En fin, es un verbo muy útil y flexible, que puede usarse de una gran cantidad de maneras para describir el mundo, y por eso es el que más empleamos en nuestras pláticas de todos los días. (Cuando hables, pon un poco de atención a lo que dices. Seguramente descubrirás que el verbo ser es el que más aparece en tus enunciados).
Es decir, de tanto usarlo, desarrollamos espontáneamente una familiaridad con el verbo ser y con la acción a la que se refiere. Ahora, pongamos atención en que ”ser” puede entenderse no sólo como verbo, sino también como sustantivo. Por ejemplo, cuando decimos: “nuestros padres nos dieron el ser”. En este caso la palabra “ser” no funciona como verbo (el verbo aquí es...dieron…), sino como el sustantivo del objeto directo de la acción (es decir, lo que nos dieron nuestros padres, según el enunciado).
Es importante que observemos este uso de la palabra ser como sustantivo, porque ese es el sentido con el que básicamente se usa en Filosofía (en Metafísica, para ser exacto). Para seguir utilizando el ejemplo, al decir que nuestros padres nos dieron el ser, estamos diciendo que gracias a ellos existimos, estamos en el mundo. Y es en ese mismo sentido que la Filosofía entiende el ser como existencia, como el hecho de estar en el mundo.
Observemos de paso que, aun como verbo, ser, se refiere a una acción muy especial, que, por decirlo así, está presente en todas las demás acciones. Observemos los siguientes ejemplos.
● El gato trepa por la pared.
● Mi hermano lee un libro.
● Tu mamá sabe inglés.
● El presidente municipal habla mucho.
● Ese sauce da una sombra muy fresca.

En todos estos ejemplos podemos ver que la acción de ser es una especie de trasfondo para todas las demás acciones: para poder trepar, leer, saber, hablar o dar, primero hay que ser.

De igual modo, un gato, un hermano, un libro, una pared, un presidente municipal, y todas las personas, animales, plantas o cosas que se nos puedan ocurrir tienen algo en común, y es que todas son, todas comparten el ser, no son sino las distintas formas que puede tomar el ser.

A diferencia de las ciencias, que estudian cada una distintas regiones de la realidad, claramente definidas e inconfundibles entre sí, la Metafísica asume la tarea de definir y explicar el ser como totalidad.

Bien, quizás ya comprendamos un poco mejor cuál es el objeto de estudio de la Metafísica, el ser. Ahora, ésta ha tratado de investigarlo a través de preguntas como las siguientes:

a. ¿En qué consiste el ser?

b. ¿Hay una parte del ser que cambia, y otra que permanece?

c. La Filosofía y la ciencia afirman que todas las cosas tienen una causa, pero, ¿qué es una causa? ¿Qué tipos de causa hay?

d. ¿Qué es la nada? ¿Es posible saber qué es la nada?

e. ¿Qué es la materia? ¿Qué son los pensamientos? ¿Existen ambos de la misma manera? ¿Qué existió primero, el mundo de las ideas o el de las cosas materiales que podemos percibir con nuestros sentidos? ¿Uno de estos mundos depende del otro?

f. ¿Qué son el tiempo y el espacio? Esta pregunta, en particular, nos permite apreciar la diferencia fundamental entre las perspectivas filosófica y científica. Desde la primera se ha intentado definir el tiempo y el espacio, decir qué son. Tal labor ha resultado imposible tras dos mil quinientos años de intentos, aunque se trata de dos aspectos de la realidad que están en el corazón de nuestra experiencia de todos los días. (Más adelante veremos los requisitos para definir algo apropiadamente). La ciencia, en cambio, dejó de lado ese asunto de establecer qué son el tiempo y el espacio, y se dedicó a medirlos y aprovecharlos para definir mediante expresiones algebraicas fenómenos físicos como la velocidad, la aceleración, la fuerza o la presión.

g. Hay una pregunta muy especial, que más que buscar una respuesta precisa, es una expresión de asombro. La formuló uno de los más grandes filósofos de la era moderna, Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716), de la siguiente manera: “¿Por qué hay cosas, en lugar de nada?” Leibniz encontró fascinante el mero hecho de la existencia, y supo transmitir su asombro con una pregunta aparentemente sencilla, pero que en el fondo es la más difícil de contestar.

De paso señalemos un par de cosas interesantes. Tras hacerse esta pregunta, Leibniz recurre al principio de razón suficiente, el cual afirma que todo tiene una causa, para determinar su respuesta. Para Leibniz era evidente que si existen cosas, si existe el Universo, es porque un ser perfecto y omnipotente, o sea Dios, lo creó. Ahora, bien, como veíamos, la perspectiva filosófica y la religiosa son distintas y mutuamente independientes. De hecho, veremos en su momento cómo otro filósofo recurrió a ese mismo principio para demostrar precisamente la inexistencia de Dios. Pero no son mutuamente excluyentes, como evidentemente demuestra el caso de Leibniz, quien como vemos creyó en Dios, y al mismo tiempo fue una de las mentes más informadas, fértiles y poderosas que ha visto la Filosofía en sus dos mil quinientos años de vida. En este caso, el que compartamos o no su respuesta, no tiene por qué impedirnos compartir el asombro que expresa su pregunta.

De hecho, cualquiera que se acerque a las obras de grandes filósofos como Descartes, Spinoza, Leibniz o Kant, encontrará que en ellas con mucha frecuencia se habla acerca de Dios. Por no hablar de las obras de San Agustín o Santo Tomás de Aquino, en las que Dios es precisamente el concepto central. Todas ellas serán brevemente comentadas en los posteriores Bloques de este libro. Veremos que, especialmente durante la época conocida como la Edad Media, la Teología (el estudio de las cosas divinas: theos, dios y logos tratado, estudio de) fue durante mucho tiempo una parte importante de la Filosofía. No fue sino hasta los siglos XVIII y XIX que encontramos una separación casi definitiva entre ambas, que perdura hasta nuestros días.

Podemos considerar que ya conocemos las principales preguntas de la Metafísica. En cuanto a las respuestas, veremos lo que pensaron al respecto los más relevantes filósofos, cuando estudiemos las grandes épocas en que se dividen comúnmente los dos mil quinientos años que llevan los hombres filosofando.

También hay que reconocer que la Metafísica se cultiva cada vez menos. Entre los grandes filósofos del siglo XX, quizás sólo Martin Heidegger haya renovado el interés y la perspectiva de la Metafísica, entendida como la rama de la Filosofía que se pregunta por el Ser.


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