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7. Doctrinas Totalitarias

El fascismo.

La gran depresión y el fracaso de los gobiernos democráticos, al abordar las consecuentes dificultades económicas y el desempleo masivo, alimentaron la aparición de movimientos fascistas en todo el mundo.

La manifiesta actuación secundaria de Italia en la Guerra Mundial se hizo evidente cuando no fue favorecida en los Tratados de Versalles, como su población lo hubiera deseado, pues consideraba que los 654,000 muertos, 400,000 incapacitados, la devastación de regiones del norte, la pérdida de casi toda su flota mercante y una deuda de 100,000 millones de liras eran demasiado pago por unos cuantos kilómetros cuadrados de dominio que se les adjudicó.
Los primeros años de la década de los veinte del siglo XX fueron de anarquía gubernamental en Italia y de ascenso del Fascio. Ya desde el inicio de la Gran Guerra surgió en Italia un movimiento que empujaba a la participación italiana a la misma y desde diciembre de 1914 Mussolini pertenecía al Fascio Rivoluzionario. El nombre del Fascio, según Rodolfo Rosas, derivaba de un símbolo referido al poder político que los magistrados romanos exhibían como un haz de flechas -«fasces»- y, según su jerarquía, tenían más o menos «fasces».
Para inicios de 1915, el Fascio tomó el nombre de Fascid’Azione Revoluzionaria y representaba, primordialmente, a una extrema derecha conservadora. Estos grupos se oponían al movimiento revolucionario izquierdista, que proliferó en Italia y que para 1919 logró, mediante elecciones, una mayoría en la Cámara de Diputados, aunque el gobierno lo mantenían los liberales; con la mayoría de diputados socialistas se llegó a una adscripción a la Tercera Internacional de Trabajadores –liderada por Lenin- y organizaron, según Rosas, 1,663 huelgas industriales y 208 agrarias sólo en 1919, aumentando para el siguiente año, lo que dio paso al llamado «Bienio Rojo» (1919-1920), por lo que se podía considerar que el «comunismo» iba en ascenso dentro de Italia.


La respuesta de los fascistas fue crear los Fasci Italiani di Combattimento, con Mussolini como figura principal,  recordando sus años de «socialista», quien impulsó un programa que retomaba varias de las demandas de los trabajadores, pero con significativas modificaciones: sufragio universal a partir de los 21 años, abolición del Senado, Asamblea Nacional Constituyente, jornada de ocho horas diarias de trabajo, participación obrera en la dirección de la empresa, elección de consejos técnicos en todas las ramas de la economía, confiscación del capital improductivo y entrega de tierras a los campesinos. La gran virtud de Mussolini fue ubicar de manera clara el descontento y canalizarlo como apoyo a su movimiento. A lo anterior, debe agregarse su carisma basado en una retórica incendiaria, llena de promesas y una apelación a lo emotivo como vía de reconquista del espíritu nacional, elementos que no requieren mayor sustentación racional. La nación estaba cansada de disturbios y temía a los bolcheviques; el gobierno armó a los fascistas y su presencia trascendió de forma mayúscula. Los poderosos aliados de Mussolini preferían un gobierno autoritario de derecha –manteniendo el sistema capitalista- que permitir asomos a una revolución como la soviética; tal certeza llevó a los fascistas a proclamar su «lucha civil contra el bolchevismo» -que fue además, violenta- y poco a poco incorporaron a más jóvenes de clase media empobrecida hacia sus filas, aunque siempre buscaban sumar a los campesinos. Esos grupos comenzaron a operar principalmente en el norte de Italia, y el gobierno lo permitía; pues la policía no actuaba drásticamente contra ellos. Después de la ostentación de fuerza que fue la llamada «marcha a Roma» y que el rey Víctor Manuel III nombrara a Mussolini Primer Ministro, el poder de los fascistas se adentró en las esferas de gobierno y creció aún más.

El año de 1925 fue decisivo para el ascenso del fascismo pues ya había anulado a cualquier otro partido político y, en 1926 la Dictadura es absoluta al declarar fuera de la ley cualquier oposición al Partido Fascista, convirtiéndose así Mussolini en el Duce (el líder del partido).
Pronto surgió un pensador que permitió una «explicación» del proceso que se registraba en Italia y que fue adoptada por la ciudadanía, principalmente joven: Giovanni Gentile, quien llegó a ser ministro de educación de Mussolini y a la vez miembro del Consejo General Fascista. Este filósofo del fascismo sentó como propuesta ideológica la necesidad de unir pensamiento y acción en pos de una realidad única, que era la de Estado, ya que representaba una voluntad moral superior con una sola religión: la de la patria. Por lo tanto, los derechos del individuo sólo podían emanar del Estado y para el Estado, pues el hombre debía ser beneficiado en su individualidad para beneficio de todos. De allí se pasó a la liquidación de conceptos como libertad, igualdad, jerarquía y legitimidad. El sustento de la dictadura se había establecido.
Durante la segunda mitad de los «fabulosos veinte» del siglo pasado, Mussolini suprimió la libertad de expresión y el derecho de huelga; desintegró viejos sindicatos y creó nuevos bajo la dirección de que el cooperativismo era una mejor forma de establecer relaciones de trabajo (opuso la idea de armonía a la de enfrentamiento, que predicaban los socialistas y los comunistas).
Asimismo, controló la prensa, la radio, el cine, la literatura y el arte en busca de exacerbar el nacionalismo y el fascismo.
Esta arma se encaminó principalmente hacia los niños y los jóvenes, obligando a los maestros a abstenerse de hablar mal del gobierno y a jurar fidelidad al Estado; la educación se militarizó.
Con frecuencia se organizaron desfiles militares para que la gente se permeara del fascismo, y hasta la Iglesia Católica con el pacto de Letrán, se comprometió a no intervenir en política porque el gobierno le reconoció soberanía al Estado

Vaticano.

Poco a poco el fascismo se adentró en la población italiana y Mussolini fue aceptado como «el caudillo». Ya en la década de los treinta del pasado siglo, los jóvenes italianos necesitaban empleo y la cobertura de sus expectativas de grandeza. El Duce contaba con un ejército anhelante de expansión económica y decidió invadir los territorios de los que se sintieron desposeídos por los Tratados de Versalles: Etiopía y Albania. En Italia volvían a evidenciarse tendencias de expansión que no podían limitarse.

Nazismo.

En Alemania, después de las ventajas que el Plan Dawes le proporcionara, la situación económico-industrial mejoró notablemente y la república de Weimar (se llamó así al régimen político e histórico desde la reunión de la Asamblea constituyente en 1919 hasta la derogación de la Constitución y el ascenso de Hitler mediante el Partido Nacional Socialista), parecía aceptar las condiciones impuestas en el Tratado de Versalles. Además, Francia, por medio del Tratado de Lorcano, entabló un acuerdo bilateral con Alemania garantizándole la conservación de Renania estado de Alemania cercano al Rin, de alta producción de acero y carbón. Asimismo, la zona de Colonia fue evacuada por las tropas aliadas sin esperar a que Alemania pagara sus compromisos, y otro gesto mundial que la favoreció fue su admisión en la Liga de las Naciones. Unos meses más tarde, el premio Nobel de la Paz era adjudicado a Briand - ministro de exterior francés- y a Stresemann -ministro de relaciones exteriores alemán-, ambos gestores de los Tratados de Lorcano.

Mientras la economía industrial y financiera generaba empleos, sobre todo en el sector minero-siderúrgico, y el Estado intervenía cada vez más en la política económica, la oficialidad del ejército alemán percibía cómo su industria de guerra no había sido totalmente destruida durante la Gran Guerra y rehacía, clandestinamente, su ejército y su flota, desconociendo los Tratados de Versalles, que habían establecido a la potencia un límite de los buques de guerra a 10,000 toneladas. Para superar tal obstáculo el almirante Erich Reader hizo que se construyeran los famosos «acorazados de bolsillo» barcos de guerra que redujeron su tamaño, -eran más veloces que los «antiguos» acorazados-; además, promovió la creación de una flota de cruceros y submarinos y, por su lado, el general Von Seeckt sentó las bases del Ejército de Aire al capacitar a180 oficiales de aviación.

En cuanto a la vida política que se registraba en Alemania, para 1928, las principales fuerzas se centraban en torno de líderes nacionalistas y comunistas aunque con posiciones diferentes, pues mientras los primeros proponían la consolidación de Alemania como potencia predominante en Europa Central, los segundos volvían sus propósitos hacia lo que sucedía en Moscú. Esta lucha parecía conducir de nuevo a Alemania a la guerra civil. En el centro, los católicos permitían mantener cierto equilibrio en el parlamento.
En política exterior, Alemania se decía incapaz de cubrir los altos pagos por el Tratado de Versalles; en París, se discutió la demanda alemana y mediante el Plan Young se estableció que la deuda total era de 40,000 millones de marcos-oro, pero se especificaba que Francia no podría destinar al pago de su deuda con Estados Unidos cantidades superiores a las que recibiera de Alemania. El crack de Wall Street precipitó el fracaso del Plan Young.
Para enero de 1931 la crisis económica desatada en Norteamérica alcanzó a Alemania, y no tan sólo no fluía capital hacia su territorio, sino que además, los norteamericanos intentaban repatriar sus capitales. Las fábricas, ante la falta de recursos económicos, cerraron en número significativo y los despedidos aumentaron de 3 a 5 millones de personas.
Esta gravedad económica llevó a norteamericanos y a ingleses a ayudar al gobierno alemán para tratar de salvar parte de sus inversiones, y caso extraordinario, Alemania no caía en bancarrota, sino sólo en una parálisis de su sistema financiero, que sirvió para declarar que le era imposible seguir efectuando pagos en concepto de reparaciones. Tal actitud afectaba poderosamente a Francia y a Inglaterra y en menor grado a los Estados Unidos-. Es en esa atmósfera de crisis política y económica cuando tuvieron lugar en marzo de 1932 las elecciones presidenciales. El gran acontecimiento era la candidatura de Adolfo Hitler a la presidencia: Paul von Hindemburg obtuvo 18,660,000 votos; Hitler, 11,338,000 y el comunista Thaelman 4,982 000.
La realidad del ascenso de Hitler no podía detenerse. Además, en el exterior, Alemania ganaba batallas financieras extraordinarias, pues cuando la crisis de 1929 se tornó mundial, los europeos comenzaron a separarse en torno a las reparaciones que ésta debía cubrir, ya que Inglaterra esperaba que la suspensión de las reparaciones abriera el mercado alemán a sus exportaciones, lo que le permitiría cierta recuperación; por su parte, Francia sólo deseaba que Alemania le pagara. Meses después, los ex aliados europeos decidieron suspender sus pagos por deuda a Estados Unidos y el gobierno norteamericano prohibió transacciones financieras con quienes nos estuviesen al corriente en sus pagos. Ante tal actitud, los Estados acreedores de Alemania por reparaciones renunciaron a todo pago y los Estados Unidos vieron disminuir su hegemonía en Europa. La situación ofrecía inmejorables condiciones para los militares y financieros alemanes, pues desarticulaba a los antiguos aliados y les permitía capitalizarse.

Esta favorable realidad exterior fue observada por Hitler, cuya autoridad entre los jóvenes alemanes y más particularmente entre los desempleados de la ciudad y del campo iba en ascenso, pues desde su base en el Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes (Partido nazi), ya en 1923 había intentado destituir a la república de Weimar, y culpaba a este régimen de los problemas económicos internos de Alemania.
Una impensada situación se presentó para favorecer las aspiraciones nazistas: en 1933 muere Hindemburg, sólo un año después de salir victorioso en las elecciones presidenciales. Así Hitler llega al poder.
Como Hitler era gran admirador de Benito Mussolini, decidió seguir su ejemplo, y en tan solo dos meses acabo con todos los partidos políticos, quedando solamente el nazi (su emblema fue la suástica) y estableció un régimen de persecución a través de la policía secreta llamada Gestapo, que se encargó de eliminar a quienes se opusieran a su caudillo, «el Führer», como lo designaban.
Hitler se apoyó en una ideología discriminatoria que destacaba la superioridad de la raza germana (a la que llamaba aria); despreciaba a los grupos que consideraba inferiores, en especial a los judíos, pero también a los eslavos y gitanos. Además, se oponía totalmente a los comunistas y socialistas pues sus ideas de igualdad social eran contrarias al nazismo. Se valió de todos los medios de comunicación para difundir sus teorías y así, controló la educación de niños y jóvenes, quienes llegaron a considerarlo como un verdadero ídolo.
El siguiente paso fue generar una campaña de terror que se materializó al eliminar a los judíos, pues los consideró culpables de todos los males de Alemania. La campaña se desató por fases, en un momento inicial no se les permitió ocupar ningún puesto político y luego se les suprimieron sus derechos ciudadanos. Además, se les obligó a vivir en ghetos, pequeños barrios aislados dentro de las ciudades alemanas o en las que controlaban los nazis, de los que no podían salir. Sin embargo, Hitler no se conformó con aislar a los judíos y quitarles sus derechos, sino que construyó prisiones llamadas campos de concentración, donde se llevó a cabo el exterminio de seis millones de judíos en cámaras de gas y hornos crematorios, quedándose, también, con los recursos económicos de los judíos más adinerados.
Llegó a pensar -y a proponerlo a todos los alemanes que se sentían resentidos por los costos que la Liga de las Naciones les había impuesto- que Alemania debía convertirse en la nación más poderosa del mundo, pero para lograrlo era necesario adquirir territorios. Con el fin de conseguir este objetivo, Hitler, violando el Tratado de Versalles, rearmó a Alemania y formó un gran ejército (el Tratado de Versalles había ordenado a Alemania reducir su ejército a 100, 000 hombres únicamente; no obstante, en 1936 Hitler contaba con un ejército de 1 500 000 individuos).
En 1938 Austria se unió a Alemania, y en el mismo año, argumentando que Checoslovaquia tenía población germana, se anexó primero los Sudetes, que es la Frontera montañosa entre Alemania y Checoslovaquia, y meses más tarde, todo el país. La Liga de las Naciones denunció estos hechos, pero en la práctica no pudo tomar ninguna medida eficaz por carecer de ejército.
Hitler ambicionaba más territorios y consideró que los conseguiría mediante otra gran guerra, por lo que fue preparándose para otro enfrentamiento. En 1936 Alemania firmó una alianza militar con Mussolini, pacto que se conoció con el nombre de Eje Berlín-Roma.

Militarismo.

Durante el desarrollo de la Primera Guerra Mundial, Japón –que combatió al lado de los Aliados- pudo canalizar grandes recursos financieros hacia los países que vivieron la guerra sobre sus territorios. La expansión económica ya no se detendría pues se convirtió, además, en una potencia que dominaba los mercados asiáticos y evidenciaba un crecimiento importante. Mas esa prosperidad no era resultado solamente de los años de la guerra. La sociedad japonesa vio desde finales de 1800, cómo el emperador Mutsuhito se esmeró por introducir una vida de tipo más occidental, pero también una política de expansión sobre China y Rusia. A partir de esos éxitos los militares japoneses fueron impulsando una perspectiva ultranacionalista. Sin embargo, para los años de 1912 a 1926, el emperador Yoshihito logró contener sus expectativas intervencionistas al fomentar la tendencia industrializadora en sus territorios, y al mismo tiempo, compartir con los Aliados la victoria sobre Alemania. De esa relación, y por mandato de la Sociedad de Naciones, se adueñó de las islas Carolinas, Marshall y Marianas, que pertenecieron anteriormente a los alemanes.
También la economía japonesa, como el resto de las economías ligadas por los resultados de la guerra hacia finales de la década de 1920 entro en crisis y, aunque no fue tan fuerte, sí desató entre la población la idea de que su gobierno era responsable único de tal situación. Esa apreciación es necesario tenerla presente, derivaba de la forma particular en que los japoneses comprendían la actividad imperial.
Para la mayoría de los japoneses el emperador era, como en la Edad Media para los occidentales, una representación directa de Dios. Sus decisiones eran inapelables y él decidía cómo debía organizarse la vida económica y política del país. Por ello, cuando llegó en 1918 coincidiendo con el fin de la Gran Guerra, Hara Takashi llega a ser el primer plebeyo en ocupar un cargo similar al de Primer Ministro, se dieron ciertas modificaciones al gobierno absolutista que, hasta antes de la Gran Guerra, había tenido como única autoridad al emperador.
Los éxitos económicos, al inicio de la década de 1920, mantenían una relativa tranquilidad social y un incipiente juego democrático. Esto dio posibilidad a que, en 1925, los hombres pudieran votar para que los partidos políticos presentaran propuestas para ocupar algunos cargos públicos. Eso, también, limitaba al ejército en la vida política del país, pero no la eliminaba. Algunas situaciones internacionales, sin embargo, no colaboraban en el sentido de permitir a Japón mayores triunfos a su vertiente democratizadora, pues aun dentro de la Liga de las Naciones se generaban prácticas discriminatorias contra los japoneses, y en general, contra los «orientales», prácticas muy evidenciadas por los estadounidenses y australianos. Eso permitió que los militares japoneses volvieran a recurrir al «espíritu nacionalista», impulsando la idea de la «misión asiática de Japón» y proclamaran la necesidad de no permitir la «occidentalización» que atacaba sus milenarias tradiciones, postura que las «autoridades civiles», parecía, no querían proteger por lo que era impostergable «restaurar» el poder absoluto del Emperador. Para 1926, Hirohito era ya el nuevo emperador y le correspondió vivir un periodo en el cual las democracias tradicionales (Inglaterra, Francia y Estados Unidos) atravesaban por fuertes conflictos económicos y sociales, y a esa realidad se aunaba la experiencia en ascenso de la presencia comunista en la Unión Soviética.
La década de 1930 fue el escenario del encumbramiento de los militares nacionalistas, aunque en su interior hubiera distintas corrientes unas más, otras menos agresivas pero ligadas a intereses acereros que promovían el crecimiento de la industria bélica y la idea de la construcción de un Imperio japonés. El mensaje fue retomado primordialmente por los jóvenes que se enrolaban en el ejército y apoyaban las ideas expansionistas, lo que posibilitó que, hacia 1931, los japoneses ocuparan militarmente Manchuria, territorio chino. Entonces, el ascenso de los militares en el interior de la vida política creció significativamente, al grado de lograr la creación del estado Manchukuo, bajo la protección japonesa, allí en Manchuria, que era la parte más industrializada de China; sólo unos meses después se dirigieron sobre Jehol, que se incorporó al Manchukuo, con una población total de 33 millones de habitantes.

Después de 1932, los militares controlaron la política interna y externa de Japón y, al igual que en Italia y Alemania, se instituyó un gobierno totalitario, basándose en un nacionalismo extremo que llegó a convencer a sus ciudadanos de que el sacrificio de sus vidas era un honor, pues se moriría por la grandeza de un imperio.
El expansionismo japonés requería de un nuevo reparto del mundo. Así, en octubre de 1936, bajo el llamado Pacto Antikomintern, los japoneses se unieron a Hitler y, para 1940, la alianza firmada con Mussolini dio paso al Eje Berlín-Roma-Tokio.

Falangismo.


Uno de los países europeos con menor crecimiento industrial en los inicios del siglo XX era España. Volcada principalmente a la producción agraria, y con fuertes medidas proteccionistas, su economía resistió con más o menos éxito la presión social hasta el desarrollo de la Gran Guerra.
La situación se torna complicada al terminar la guerra mundial pues se exigió mayor y mejor rendimiento tanto a los campesinos como a un incipiente sector de obreros. Entonces, aparecieron perspectivas para enfrentar esa realidad, pero muy contradictorias.
El campo español, principalmente, seguía generando con solvencia productos básicos y la tenencia de la tierra fue,  ntonces, central. Si bien la crisis de finales de la década de 1920 había afectado a casi toda la economía mundial, España mantenía una exportación de alimentos que le permitía a ciertos grupos ingresos y relaciones comerciales con otros países. Por ello, cuando surgió la República como forma de gobierno a inicios de 1930, parecía que las contradicciones sociales más fuertes se estaban superando. La república era legítima, se asentaba en las zonas tanto industriales como agrarias, era reconocida por otros países, controlaba los recursos del Estado, pero el contexto europeo de la democracia no estaba en su mejor momento. En efecto, 1931 fue el año en que los españoles decidieron, mediante plebiscito plebiscito ciudadano, ser regidos por un gobierno republicano. Alfonso XIII aceptó la determinación y abdicó a la corona.
La nueva república democrática aún no había definido qué grupo encauzaría el destino económico político de su país, y las contradicciones internas no se resolvían satisfactoriamente; por el contrario, se abrió un periodo pendular respecto de la presidencia de la república entre derecha e izquierda.
La derecha incluía a sectores principales de la alta jerarquía católica, terratenientes, grupos económicamente pudientes, pero que rechazaban las «conquistas de los obreros» y, muy especialmente, la Falange Española, fundada el 29 de octubre de 1933 por José Antonio Primo de Rivera y Saenz (una organización paramilitar inspirada en los grupos fascistas de Mussolini), que se declaraba anticomunista y seguidora de un régimen totalitario. La izquierda agrupaba a los socialistas, comunistas y anarquistas que se sumaban a los republicanos, aunque no lograban establecer las bases de acuerdos para marchar juntos.

Para la década de 1930, Italia, Alemania y Japón se habían militarizado y, en Francia e Inglaterra, también aparecían brotes ultranacionalistas que no desestabilizaron sus instituciones democráticas. Situación distinta se vivía en España, donde Francisco Franco proponía discursos muy atractivos para los habitantes de un país con fuertes tendencias autonomistas en su propio interior.
Así, en las elecciones presidenciales de 1933, la derecha obtuvo el triunfo, e impusó a través del gabinete de gobierno a los integrantes de la antigua nobleza y sus mantenedores, que se autodenominaban nacionalistas.
La izquierda, antes dividida, se unió en un Frente Popular que en 1936 alcanzó el triunfo electoral y llevó a la presidencia a Manuel Azaña. Esta realidad originó una abierta confrontación entre republicanos y nacionalistas.
En julio de 1936, una parte del ejército que con anterioridad constituyó una Junta de Defensa Nacional bajo el mando del militar Francisco Franco Bahamonde como expresión de la sublevación de un sector del mismo contra el gobierno, permitió instaurar un régimen dictatorial al sistema parlamentario republicano. La guerra civil, cruenta y devastadora, se vivió tanto en el campo como en las ciudades.
La Europa ancestral se estremeció y creó un Comité de No Intervención, obligándose a permitir que fueran sólo los españoles quienes determinaran su futuro. Sin embargo, Alemania no disimuló el apoyo que, a finales de julio, era trascendental a favor de los «nacionalistas»: transportó de África a España al ejército sublevado; proporcionó a Franco tanques de guerra y grupos de marinos e instructores especializados. Sólo cuatro meses después participaron alemanes directamente en el conflicto a través de la «Legión Cóndor» -con apoyo logístico, transporte de tropas y acciones de ataque con aviones de caza y bombarderos- que permitió la supremacía aérea de las fuerzas franquistas. En menor escala, pero también decididamente, soldados italianos se sumaron a las fuerzas nacionalistas.

Para fines de 1936, la Unión Soviética decidió hacer evidente su determinación de no pertenecer más al Comité de No Intervención y, disimuladamente, ofreció auxilio a los republicanos, tanto con hombres como con enseres de guerra. A esta decisión le siguió la integración de una fuerza militar para adherirse a los republicanos, formada por voluntarios de varias nacionalidades: las Brigadas Internacionales.
En 1937 la guerra asoló poblaciones enteras pues la lucha posibilitó excesos por parte de los dos bandos, mas los contingentes nacionalistas se organizaron bajo un solo partido, la Falange Española Tradicionalista, y una sola dirección, la de Francisco Franco.
El 28 de marzo do 1939 los republicanos se rindieron y Franco se adueñó de la situación. Inglaterra, Francia y Estados Unidos reconocieron al gobierno militar. México ofreció asilo político y auxilió, en la travesía atlántica, a los republicanos que se atrevieron a dejar España.

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