Una vez terminada la Primera Guerra Mundial, la prioridad de los países que intervinieron en ella, y que se vieron más afectados, fue la reconstrucción de su vida socioeconómica. Las vías para su consecución fueron diferentes. El grupo de la Entente, primordialmente Gran Bretaña y Francia, requería de fuertes inversiones monetarias pues sus territorios habían sufrido directamente los estragos de la guerra.
Además, miles de sus hombres en edad productiva habían muerto y, también miles eran lisiados lisiados lisiados de guerra. Para el otro imperio que se había sumado a esta coalición, las circunstancias eran, en lo referente a la muerte y destrucción muy similares, mas en lo político se había abierto una gran diferencia, pues la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas había decidido organizarse mediante un gobierno de tipo socialista y tal realidad alarmaba fuertemente a los países de Europa Occidental, aunque también a los Estados Unidos y Japón.
Otra modificación sustancial derivada de la guerra, se presentaba, pues de 1918 en adelante se observó con claridad la supremacía que los Estados Unidos había logrado –en el ámbito industrial y comercial- respecto de Inglaterra, lo que en geopolítica se materializaba con el desplazamiento de Londres como capital mundial de la vida económica y la aparición de Nueva York como otro centro de toma de decisiones.
Pero no sólo la vida se transformó en sus vertientes macroeconómicas; lo mismo ocurrió en el ámbito microsocial. En el interior de las mismas familias, los cambios fueron resentidos, pues, ante la ausencia masculina, las mujeres se vieron precisadas a incorporarse al trabajo asalariado, no tan sólo en época de guerra, sino también cuando ésta terminó. Para tales momentos las mujeres empezaron a tener cierta autonomía económica y social y, poco a poco, fueron interesándose por alcanzar ventajas civiles que por siglos se les habían negado, entre ellas, la posibilidad de votar para elegir a sus gobernantes.
El cambio en la situación social de la mujer en todo el mundo constituyó una de las más sordas e inadvertidas revoluciones de los tiempos modernos. De una situación de servidumbre legal y social, en el peor caso, de dependencia económica y política, en el mejor, las mujeres fueron conquistando de un país a otro, una posición de mayor igualdad respecto de la de los hombres.
Las mujeres de los países de Europa Occidental y de los Estados Unidos iniciaron así, también, una revolución no siempre admitida por el común de la gente; mas la vida de ellas cambió e hicieron que la vida social, en importantes aspectos, cambiara.
Para la década de 1920-1929 se vivieron tres grandes situaciones que sirvieron de contexto mundial:
a) El dominio de un esquema de valores que ponía como elemento primordial a la democracia como forma de gobierno, subordinando a la monarquía; b) El surgimiento de la Sociedad de Naciones, una especie de tribunal internacional, que representaba la racionalidad como propuesta anhelada para resolver cualquier tipo de conflictos (con la finalidad de tratar de evitar otra guerra como la vivida);
c) La incipiente consolidación de la URSS y su propuesta político-económica de explicar la realidad. Incuestionablemente el mundo era diferente al iniciar la década de los años veinte en el siglo XX.
Recuperación económica europea.
La ineludible e importante tarea que debía llevarse a cabo en 1919 era establecer un orden internacional en un mundo consternado por lo ocurrido y necesitado de encontrar respuestas a las contradicciones que aún se vivían: molestia entre los países vencidos, apremios económicos e ideológicos entre los países vencedores en Europa y la manifiesta superioridad de una economía que se expandía irrefrenablemente, la de los Estados Unidos de América. La Liga o Sociedad de las Naciones intentaba erigirse como un centro desde el cual se impulsaran medidas pacifistas para dirimir conflictos y promover una que otra normativa para la coexistencia internacional. «El pacto que ofrezcamos –dijo W. Wilson, presidente norteamericano- debe basarse principalmente en las sanciones morales y solo en la última instancia, en el recurso de la fuerza».
La Liga de las Naciones pretendió cerrar el conflicto vivido y alcanzó ciertos acuerdos pero no consiguió abordar de forma eficaz, problemas de mayor envergadura, entre ellos el relativo al tema de las reparaciones de guerra.
En efecto, si bien el Tratado de Versalles, en el artículo 231 señalaba a Alemania como la culpable de la guerra, esta potencia no aceptaba tal resolución. Asimismo, en el terreno de lo económico el pago que Alemania debía cubrir por reparaciones, a los otros países que afectó, no contó con un monto preciso en cuanto a la suma que estaba obligada a cubrir aunque para julio de 1920 se le especulaba los porcentajes que pagaría: a Francia, 42%; imperio Británico, 22%; Italia, 10%; Bélgica, 8%; y el resto a otros países involucrados. Para inicios de 1921 se estableció la cantidad de 55 000 millones de dólares pero, para 1931, el presidente de los Estados Unidos pidió un año de moratoria y un año más tarde, por el Acuerdo de Lausana, se redujo a un pago final de 714 millones de dólares. A esto había que sumarle las deudas que se le imputó a Alemania pagar a los países vencedores: a los Estados Unidos 10,000 millones de dólares; Inglaterra 8,750 millones; y a Francia, 2,000 millones. Tal proporción fue objetada, principalmente, por los países europeos con el argumento de que los Estados Unidos habían entrado a la guerra tardíamente y si bien se presentaron diferencias por tal situación, al final llegaron a acuerdos para cargar los costos a la derrotada Alemania. Los términos en que se dio fin a la guerra armada modificaron el panorama mundial, y cada país involucrado los resintió de manera distinta.
Alemania.
Para Alemania los resultados de la guerra fueron desastrosos, al señalársele responsable de la guerra y sentenciarla a pagar reparaciones que difícilmente podría cubrir.
En el interior de sus fronteras, la economía había decaído significativamente y más preocupante para sus autoridades era el gran malestar que envolvía a la mayoría de su población. La falta de empleo, el retorno de los soldados y lisiados, la humillación de la derrota y una galopante inflación hacía muy peligrosa tal situación. Además, Francia -la eterna rival- exigía el pago correspondiente a las reparaciones y junto con Bélgica, desplazó su ejército hacia territorio alemán para quedarse con los beneficios de Ruhr, pues Alemania no cumplía. Ante tal determinación, el gobierno británico se inmiscuyó y, por su intermediación, el gobierno de los Estados Unidos se involucró en un proyecto de ayuda a Alemania para que pudiera hacer frente a sus compromisos. Para noviembre de 1923, ingleses y estadounidenses se reunieron y aceptaron la propuesta del norteamericano Charles Dawes para la reactivación de la economía alemana. El «Plan Dawes», aceptado para abril de 1924, proponía el pago de los alemanes en periodos anuales, pero cada cinco años, la cifra de pago se incrementaría hasta cubrir 2 billones quinientos mil marcos-oro. Sin embargo, lo más importante fue que Alemania recibiría un crédito de 800 millones de marcos-oro para impulsar su recuperación. El gobierno alemán aceptó, y esa medida le permitió contener una insurgencia política que los sindicalistas iban logrando; la ayuda proporcionada posibilitó detener la molestia del pueblo alemán y, a partir de 1925, la recuperación económica era visible.
Francia.
Sobre territorio francés, la vida era diferente especialmente porque en él se habían escenificado cruentas batallas durante la Primera Guerra Mundial y porque su recuperación económica dependía de los capitales norteamericanos y, en un porcentaje significativo, de las «reparaciones» alemanas. Francia, a decir de Ester Fano, tuvo el porcentaje más alto de muertos entre los combatientes, el porcentaje más alto de muertos en la población activa; la destrucción enorme de fábricas y de vías de comunicación a la que se añadió, como grave problema inmediato, la inutilización de casi cuatro millones de hectáreas de tierra cultivable.
Los problemas que la guerra acarreó para Francia no sólo fueron económicos sino también políticos. La economía había caído en una profunda crisis por el incremento de su deuda pública, derivada de las erogaciones bélicas y de que Alemania no pagaba las reparaciones. Tal situación les permitió a las autoridades francesas distraer la atención interna y orientarla hacia los alemanes, al movilizar su ejército hacia la cuenca minera del Ruhr. Esta determinación requirió la intervención inglesa y, con posterioridad, la determinación de los Estados Unidos a canalizar préstamos para la reactivación económica europea y frenar cualquier posibilidad de que los partidos socialistas o comunistas tuvieran coyunturas favorables para su crecimiento.
Así, los dólares americanos permitieron a la economía francesa, a través de su pequeña y mediana industria,paliar levemente los problemas internos y, al requerir mano de obra extranjera, los salarios fueron bajos y los empresarios volvieron a obtener ventajas que aumentaron la confianza de otros inversionistas mayores. Con estos antecedentes, el franco logró estabilidad y después de 1925 se regis franco tró un crecimiento económico considerable.
Inglaterra.
En cuanto a la mayor potencia europea del siglo XIX, Inglaterra, aun resultando triunfadora en la conflagración vivida, perdió su supremacía económica a un segundo lugar, después de su antigua colonia, los Estados Unidos de
América.
El imperio británico dejó de exportar sus mercancías y sus capitales con excelentes ganancias –como lo había hecho durante casi toda la segunda mitad del siglo XIX- y para 1919 se encontraba con una agricultura en crisis y una industria sumamente afectada por la guerra, particularmente en su producción de carbón y de textiles. La guerra había requerido de cantidades extraordinarias de carbón como fuente energética pero, poco a poco, el petróleo se había vuelto más útil y hacía menos rentable aquella industria que, además durante la guerra elevó los salarios de sus trabajadores –para mantener la creciente demanda- y ahora era exigida a mantenerlos.
Esa situación llevó a los trabajadores a escenificar paros y huelgas que los industriales británicos no podían, ni estaban
dispuestos a permitir. La situación fue verdaderamente grave en 1926, ya que los obreros ingleses realmente afectaron a la industria con sus actividades sindicales. A eso se aunaba una evidente falta de renovación tecnológica que hacía menos competitivos sus precios que los de Alemania, por ejemplo. También los alarmaba que la producción había bajado y el desempleo, por tanto, se presentaba. Otro gran golpe sufrió Inglaterra cuando la mayor parte de las transacciones comerciales dejaron de realizarse en Londres y a escenificarse en Nueva York o París.
Ante tales problemáticas, las autoridades inglesas atendieron los reclamos obreros y se decidieron a sobrevaluar la libra esterlina, pero al mismo tiempo impusieron límites al gasto público. Ambas medidas lograron mantener una balanza comercial favorable y permitir una imagen de retorno a la tranquilidad que los ingleses añoraban. Así, los graves problemas que acechaban, sobre todo el relativo al desempleo, se trasladaban al enfrentamiento pacífico entre los partidos más representativos.
Italia.
Loa italianos, por su parte, también se encontraban insatisfechos ante el nuevo reparto mundial. Su mayor interés había sido incorporar, dentro de sus fronteras, a territorios de Dalmacia y Albania para poder incidir poderosamente sobre el mar Adriático. Los resultados no fueron los esperados, y por lo contrario, los costos de guerra hacia su interior eran muy altos; la población campesina sufría la escasez de alimentos, y había pagado con muchas vidas su incursión a favor de la Entente.
La situación se tornó más compleja cuando los obreros italianos decidieron asumir prácticas de lucha similares a las de los obreros soviéticos y decretaron huelgas para, posteriormente, adueñarse de las fábricas. La determinación de los obreros impactó significativamente la vida económica italiana y la incapacidad de las autoridades se hizo evidente, llegándose a registrar un vacío de poder que demandaba una solución, ya fuera hacia la izquierda –similar a la asumida por los comunistas soviéticos- o autoritaria desde la «derecha», decidida a frenar esa posibilidad que alarmaba a la democracia.
En tal escenario surgió la figura de un joven que, impulsado originalmente por ideas socialistas, transitó hacia una postura nacionalista a ultranza ultranza ultranza y fue capaz de canalizar el descontento de los italianos: Benito Mussolini.
Las condiciones económico-políticas de Italia le fueron propicias a Mussolini para aglutinar las expectativas de diversos grupos, en varios casos hasta antagonistas: militares defraudados, campesinos hambrientos, dueños de fábricas temerosos de ser desplazados, obreros nacionalistas, intelectuales activos, jóvenes desesperados por falta de «un futuro prometedor» y más. Esa infame masa encontró respuestas en la creación del grupo del Fascio d’Azione Rivolucionaria, fundado desde 1919 y que, muy pronto, definió su línea de lucha, contraria a cualquier manifestación similar a la «revolución soviética». Las clases medias desconfiaban de las luchas obreras, en particular, y de las ideas comunistas, en general, y acogieron de buen grado la retórica de Mussolini, para quien los trabajadores de las fábricas y sus formas de lucha sólo podían llevar al caos y a la anarquía anarquía anarquía, cuando lo que se necesitaba, según él, era precisamente lo contrario: un gobierno fuerte, autoritario y corporativo, que regresara, con base en la disciplina y la exaltación de la fuerza, a Italia al esplendor de su origen romano.
Un periodo de agitación social sobrevino en la península, sobre todo entre los trabajadores y los campesinos, que era abonado por las ideas socialistas y los recursos financieros de Moscú. Los socialistas y los comunistas intentaron adueñarse de la situación política, pero Benito Mussolini –el Fascio- entró en acción contra los agitadores. La respuesta de los comunistas fue violenta y asesinaron a algunos fascistas. El Fascio reaccionó incendiando locales comunistas y socialistas.
Para 1922, y tras una verdadera y cruenta guerra civil, los fascistas se habían organizado como un grupo de choque para amedrentar a los obreros, burócratas, campesinos y jóvenes que no se aliaban a ellos y recibieron el apoyo de los grupos económicamente poderosos; para finales de ese año lograron tal cantidad de adeptos que se sintieron capaces de marchar hacia Roma, en una manifestación de cerca de 50 000 personas, con la pretensión expresa de obligar a Víctor Manuel III a nombrar primer ministro a Mussolini.
A partir de 1923, Italia se transformó violentamente en un estado dictatorial, pues Mussolini se hizo un poder superior al del Rey al controlar directamente, las fuerzas armadas, tanto terrestres como aéreas y navales. La situación de Italia, después de la Gran Guerra –y sobre todo en el interior de sus fronteras- dio un giro que impactaría poderosamente a la Europa Occidental.