Antecedentes
La Guerra de Corea y el Conflicto Árabe Israelí
Los focos de inestabilidad mundial más importantes, después de 1945, han sido la guerra de Corea (1950-1953); el conflicto del Medio Oriente, donde se han escenificado cuatro confrontaciones abiertas entre árabes e israelíes (1948-1949, 1956, 1967 Y 1973), además de la guerra entre Irak e Irán, en 1980, y después, en 1990 y en el 2003, la guerra del Golfo Pérsico entre Irak y la coalición occidental; la guerra de Vietnam, inscrita en la historia del imperio colonial de Indochina, que si bien puede ser tipificado como un conflicto interno tuvo importantes repercusiones regionales y suprarregionales; la revolución cubana (1956 - 1959); y las insurgencias guerrilleras en Centroamérica. No se trata de las únicas zonas del mundo donde se verificaron cruentas luchas armadas en esta segunda mitad del siglo XX, pero en su momento pusieron de manifiesto las estrategias expansivas de las dos potencias hegemónicas.
La guerra de Corea -que en parte fue un conflicto interno- constituye el primer y único caso en el cual las potencias occidentales y del bloque comunista utilizaron sus fuerzas armadas de combate directo, ocasionando posteriormente una mayor integración de los ejércitos de la OTAN y un reimpulso de sus esfuerzos armamentistas que resultara en un balance militar favorable con fines disuasivos. Bajo estas nuevas condiciones se estimuló una concepción y una nueva doctrina estratégica de la guerra fría: la guerra limitada o de conflicto localizado.
La Guerra de Corea
La guerra de Corea se considera como la primera guerra caliente en el contexto de la Guerra Fría. Sus antecedentes parten de la división de la península en dos zonas de influencia que durante 40 años había sido ocupada por los japoneses. Esta división provisional, con una frontera arbitraria tan sólo marcada por la línea del paralelo 38, debería terminar con la formación de un gobierno único, mediante la celebración de elecciones libres, según lo habían acordado las dos potencias en 1945.
Sin embargo, en 1947, los Estados Unidos decidieron unilateralmente trasladar el manejo de las elecciones a las Naciones Unidas. La Unión Soviética no aceptó la intervención de este organismo en una zona de influencia, lo que motivó que en el sur de la península se realizaran comicios y se proclamara el surgimiento de la República Democrática de Corea del Sur, en el mes de agosto de 1948. Al mes siguiente nace la República Popular de Corea del Norte, quedando al frente Kim II Sung.
Mientras la unificación pactada no se consumaba, en ambas zonas se instauraron regímenes de distinta orientación política. Por un lado, en el norte, una democracia popular de tipo comunista, apoyada por la Unión Soviética y la República Popular China, esta última recién fundada y todavía aliada de la primera; y por el otro lado, en el sur, un gobierno de inclinación occidental -con rasgos dictatoriales, encabezado por Syngman Rhee, un político que en 1919 había presidido un gobierno coreano en el exilio y que había pasado 37 años de su vida en Norteamérica- que era apoyado por los Estados Unidos y la Alianza Atlántica.
Ante estos acontecimientos, las tropas norteamericanas y soviéticas se retiran de la zona, con la convicción de haber dejado en ella a sendos gobiernos aliados; sin que ello eliminara las pretensiones de unificación. Las condiciones históricas de Corea explican, en gran medida, la necesidad de establecer un Estado independiente.
En un principio, estuvo dominada política y culturalmente por China, aunque Japón ya había intentado conquistar la península en el siglo XVI. Tres siglos después, en 1876, Japón inicia un paulatino dominio sobre Corea hasta llegar a la anexión formal como una de sus provincias, hacia el año de 1910, no sin antes haber derrotado a Rusia (1904- 1905), que también había pretendido establecerse en esa región.
La etapa de dominio japonés generó, como en toda situación colonial, un sentimiento nacionalista que en Corea tuvo dos vertientes; una nacionalista-burguesa, y otra comunista. Si bien la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial pudo haber abierto la posibilidad de una reunificación no dividida, al final esto se frustró por la repartición de la zona entre los dos bloques.
Una serie de incidentes en la franja fronteriza de las dos Coreas provocó que, el 25 de junio de 1950, se iniciara la invasión del gobierno comunista hacia el sur, con 70 mil soldados al frente, ante la sorpresa y el apoyo de la Unión Soviética y de China, pues para aquélla, una Corea unificada bajo la ideología comunista representaba la continuidad de la política expansiva de la ahora Unión Soviética. Mientras que para China significaba recuperar el viejo estatus de vasallaje que impuso a Corea a finales del siglo XIX.
De igual forma, una Corea unificada respecto a los intereses del imperialismo norteamericano hubiese significado el control de las costas del Pacífico, al mismo tiempo que el surgimiento de la China Popular hacía despertar los impulsos de la paranoia anticomunista del maccarthismo.
Dos días después de la incursión comunista, Truman ordena el despliegue de las fuerzas navales y aéreas de los Estados Unidos en apoyo al régimen del sur, contando con el aval de las Naciones Unidas, que desde entonces asumió un papel legitimador de la política exterior norteamericana, transgrediendo con ello los principios de la legalidad internacional. Con esta maniobra se logró replegar a las fuerzas del norte que ya habían penetrado gran parte del territorio sudcoreano; aunque los ímpetus del general McArthur hubiesen querido no sólo restaurar las fronteras, sino alcanzar la unificación de-Corea bajo la bandera de su país.
En noviembre de ese mismo año, China interviene en el conflicto enviando una expedición de «voluntarios», más bien para proteger Manchuria ante la cercanía de las fuerzas de la ONU, pues el régimen comunista de Corea del Norte estaba prácticamente derrotado. En julio de 1951, casi un año después de iniciada la guerra, se abrieron las negociaciones para lograr el armisticio, mismas que durarían dos años.
A partir de 1972 se inician las negociaciones entre las dos Coreas en torno a la reunificación, situación que no ha fructificado, entre otras cosas, porque el régimen del sur emprendió un acelerado proceso de industrialización, adoptando el modelo occidental, que ha implicado procesos de desarrollo desigual en el marco de una situación política y social muy conflictiva que se manifestó luego del asesinato del presidente Park, en 1979, y que junto a la muerte del líder histórico y presidente de Corea del Norte, Kim II Sung, han dificultado el proceso de reunificación.
El conflicto árabe-israelí.
Con el surgimiento del Estado de Israel, el 15 de mayo de 1948, se puede señalar el inicio del conflicto en el Medio Oriente, y con éste, el de una serie de enfrentamientos armados protagonizados entre los Estados Árabes e Israel (1948-1949, 1956, 1967 y 1973) que no puede ser reducido a un simple conflicto entre Estados nacionales que se disputan, en igualdad de fuerzas, posiciones territoriales (el antiguo protectorado británico de Palestina) sujetas a una negociación convencional.
Las raíces del conflicto habría que hallarlas en la reivindicación sionista (nacional-judía) sobre Palestina, que llevó a la colonización de ese territorio por inmigrantes judíos y así poner fin a la persecución y discriminación de que fueron objeto en Europa Oriental a finales del siglo XIX. Al margen de la legitimidad de tal pretensión, las condiciones mismas sobre las que se trató de fundar un Estado independiente fueron de inicio muy cuestionables, pues el territorio donde habría de fundarse no estaba habitado sólo por la población que lo proclamaba; aún más, Palestina estaba habitada por hombres de otra nacionalidad -los árabes-, y por lo tanto, de otra lengua, otra cultura y otra religión, que nunca aceptaron quedar en minoría' frente a la inmigración judía.
Al proceso de ocupación del territorio palestino por los israelíes habría que sumarle el proceso de compra del suelo -cuando aún existía el mandato británico- bajo una complicada figura jurídica que otorgaba derechos para reclamar y colonizar tierras, y poder así fincar las normas de nacionalización; algo que, por supuesto, excluía a los árabes.
Luego de la colonización y la compra vino la «guerra de independencia» (1948-1949), que significó la confiscación de tierras por parte del Estado de Israel. Pero esto aún era insuficiente para lograr que Palestina se convirtiera en territorio nacional judío. Fue necesaria la utilización efectiva de las tierras por parte de los colonizadores a través de actividades agrícolas ejecutadas por ellos mismos, sin poder utilizar la fuerza de trabajo de los árabes desposeídos, pues éstos podrían volver a recuperarlas. Estas normas de ocupación y explotación de las tierras dieron lugar a formas de organización colectivas del trabajo agrícola, como los kibutzim y los moshavim; que operan sobre la posesión y no sobre la propiedad. A nivel industrial también se implementaron mecanismos que excluían a los trabajadores árabes creando con ello un mercado de trabajo diferenciado al igual que la nacionalidad; de este modo, «los conflictos nacionales provocaron conflictos sociales, y viceversa».
Este proceso de colonización-ocupación se supone concluido con la creación del Estado de Israel, pero no significó el fin del conflicto originario, pues el nuevo Estado no contempla a los ciudadanos árabes (17% de la población), sino únicamente a los residentes judíos, cuya mayoría no vive en el país, señalando con ello una acentuada discriminación de los primeros, en una clara contradicción con los principios de igualdad, propios de una democracia burguesa.
Por si esto fuera poco, el Estado de Israel carece de fronteras fijas en una región predominantemente árabe. En este sentido, la minoría árabe del Estado judío pertenece a una mayoría regional, además de que su crecimiento natural tiende a ser superior al de la población judía, lo que constituía un verdadero riesgo para la seguridad de Israel. Así se percibía el problema cuando se crea en 1967 un Estado palestino en el margen occidental de Jordania y en la franja de Gaza, que podría llegar a unirse con los árabes asentados en Galilea.
Como los judíos no podían aceptar su transformación en un Estado binacional, tuvieron que proseguir con la ocupación de tierras mediante la confiscación de la propiedad privada de los árabes y que se extendió al resto de Palestina, hasta Cisjordania, donde la población árabe era homogénea, dando lugar a la guerra de 1967. De esta manera, se formó un muro de asentamientos judíos con un doble propósito: aislar a los palestinos del resto de los Estados Árabes e impedir la formación de un Estado palestino independiente, apelando a un «derecho histórico», según lo proclamó Menágem Beguin, un sionista de derecha que ocupó la presidencia del gobierno israelí en 1977.
En 1974, luego de la celebración de una cumbre árabe, se reconoce a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) como representante legítima del pueblo palestino, encabezada por Yasser Arafat, el mismo que llegaría a la mesa de negociaciones en Camp David, en 1977, para obtener la autonomía palestina en el margen occidental del Jordán y en la franja de Gaza. Para Israel, lo anterior significó redefinir su relación estratégica con Estados Unidos, que si bien nunca aprobó la colonización de territorios palestinos por parte de Israel, desde 1967 no cesó de apoyarlo económica y militarmente. Esta situación cambió radicalmente cuando el presidente George Bush decidió condicionar un préstamo de 10 mil millones de dólares a cambio de la suspensión de los asentamientos humanos en territorios ocupados, lo que debe interpretarse como un cambio en la política exterior norteamericana que ya no encuentra sentido "a mantener su estrategia militar en el Medio Oriente, sobre todo por el fin de la Guerra Fría, la recesión económica y el surgimiento de la «Intifada» o levantamiento popular en Gaza y Cisjordania, que" podía extenderse a otros países árabes donde existen masas reprimidas, como Arabia Saudita y Egipto, o fusionarse con movimientos fundamentalistas islámicos, como el Jihad, el Hamas o el Hezbollah, que actúan en Palestina y en el sur del Líbano.
De aquí la necesidad de encontrar nuevas salidas al conflicto en aquella región bajo el nuevo esquema de la política exterior norteamericana, abriéndose paso a la realización de la Conferencia de Paz para el Medio Oriente, iniciada en Madrid, en octubre de 1991, y a partir de la cual se sigue construyendo una agenda que derive en un proceso de estabilización en una región con las mayores reservas petroleras del mundo. El futuro es incierto en esta zona, toda vez que Israel rechazó regresar los territorios ocupados no sólo de Palestina, sino también de Siria y del Líbano, lo que ha provocado el estallamiento de diferentes conflictos.
La revolución cubana.
La derrota del nazismo alemán, el fascismo italiano y el militarismo japonés contribuyó a que la Unión Soviética emprendiera una experiencia singular en los diez años posteriores a la Segunda Guerra Mundial: la construcción mundial de una sociedad socialista, proceso al que se incorporaron países europeos y asiáticos con diversos niveles de desarrollo económico. Esta etapa inicial de la vía al socialismo fue considerada por la ortodoxia marxista como un «periodo de transición», lo cual significa que entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el periodo de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A ese lapso corresponde también un periodo político de transición, cuyo estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado.
La experiencia de la revolución cubana, en el breve e intenso lapso comprendido entre enero de 1959 y octubre de 1960, sin duda responde a las circunstancias internacionales a partir de las cuales era posible concebir esta etapa de transición socialista en un país caracterizado por condiciones semicoloniales.
Pero ni en aquel momento, mucho menos hoy día, tales circunstancias contribuyeron a comprender la dinámica interna de la revolución cubana, con todas las variables de un proceso que respondió a una realidad social compleja, de tal modo que se pueda comprender que «el punto de partida lógico no es el 1 de enero de 1959, cuando Fidel Castro y sus compañeros rebeldes bajaron triunfantes de la Sierra Maestra».
En principio, se hace necesario conocer, por lo menos, la situación de subdesarrollo prerrevolucionario de la isla cuyas características correspondían a una situación típica de un país semicolonial o neocolonial, miembro del llamado «Tercer: Mundo» y caso excepcional en la región latinoamericana; esto último en razón a la influencia económica y cultural que ejercieron los Estados Unidos sobre América Latina durante más de cien años, luego del repliegue europeo en la -región y, en particular, debido al intervencionismo abierto que aquel país mantuvo sobre Cuba desde el momento en que ésta alcanza su independencia política formal respecto al dominio español (1902), hasta los instantes previos al triunfo de la revolución.
La Cuba prerrevolucionaria era un caso especial dentro de las condiciones en que se suele tipificar al subdesarrollado latinoamericano. Se trataba de un país con una economía que dependía de un sólo producto de exportación - asociado a la producción del azúcar- y de escasa diversificación de cultivos, lo que significó un alto nivel de concentración de recursos productivos -la mitad de las tierras cultivables y la cuarta parte de la mano de obra- de tal suerte que en la estructura de sus exportaciones, antes e incluso después de la revolución, el azúcar representa entre 75 y 85%, contribuyendo, a su vez, con 80% de los ingresos provenientes del exterior.
La debilidad que confiere esta condición respecto del comportamiento del mercado mundial y respecto de los propios ciclos estacionales, también es un rasgo compartido en el modelo agroexportador latinoamericano, siempre dependiente de las variaciones de los precios de los productos primarios.
En este sentido, la industria azucarera cubana poseía una característica peculiar, dado que el sistema de cuotas acordado con Estados Unidos la protegía relativamente de las variaciones internacionales de los precios, aunque la ponía a merced del Congreso norteamericano y de la Secretaría de Agricultura.
El desarrollo de la economía cubana sustentado en la producción azucarera contrastaba con un sector industrial tecnológicamente muy atrasado y controlado por el capital extranjero. Así también, en la agricultura existe un bajo nivel de productividad y subutilización de tierras, en tanto que el latifundio fue el patrón de tenencia dominante en las explotaciones agrícolas, donde la burguesía agraria, tan sólo en el cultivo de caña, controlaba la quinta parte de las tierras nacionales, sin que ello significara que esta clase dominante emprendiera las inversiones necesarias para incentivar a largo plazo a la economía. Por esta razón, no ha de extrañar que la participación del sector público hacia 1957 alcanzara 40% de las inversiones totales en Cuba.
Pese a que el Estado cubano ejercía así la posibilidad de un control directo sobre la economía, resulta que la producción azucarera, el servicio telefónico, la energía eléctrica, los ferrocarriles, la minería y elsistema bancario eran espacios privilegiados para el capital norteamericano a tal grado que en 1958 Estados Unidos poseía, a través de grandes sociedades intermediarias, 90% de las minas y 50% de las tierras, y controlaba 67% de las exportaciones y 75% de las importaciones.
Así, durante la primera mitad de nuestro siglo, la historia de Cuba fue la de una casi anexión política, unas veces directa -hubo tres ocupaciones militares estadounidenses-, otras veces mediante dictaduras o gobiernos interpósitos; y más aún, la de una anexión económica.
Este estatuto de semi integración colonial fue introducido en 1906 en la propia Constitución cubana y sancionado por la enmienda Platt, misma que otorgaba a los Estados Unidos, hasta 1934, el derecho de intervenir en los asuntos internos de Cuba.
Aunado a ello, eran palpables «los extremos de riqueza y de pobreza que coexistían en la Cuba prerrevolucionaria y el notable desequilibrio entre las zonas rurales y las zonas urbanas de la isla».
Sin embargo, la estratificación social en Cuba era más fluida que en otros países latinoamericanos, sin duda explicada por una doble influencia intelectual; una, que provenía del Norte a través de la penetración cultural del modo de vida americano (la Coca Cola, Reader's Digest, el beisbol, los Callidacs); y otra, de profundas raíces europeas, que hicieron de la sociedad y de la cultura cubana una rica y sofisticada amalgama de posibilidades de pensamiento y acción políticas. De esta manera, en el curso de este siglo Cuba vio formarse el movimiento obrero más avanzado de América Latina -el primero en movilizarse sobre las tesis de la Tercera Internacional (y, simétricamente, el más influido, en su parte urbana, por el sindicalismo corporativista de América del Norte)- y un núcleo muy activo de intelectuales abiertos a todas las búsquedas y a todas las formas de pensamiento.
En la isla no existían tercas minorías tribales, ni facciones territoriales separatistas ni diversidad de lenguas ni problemas raciales paralizadores, ni comunidades indígenas premodernas.
Como vivían en una isla en la que no hay grandes extremos climáticos ni insuperables barreras geográficas ni problema de sobrepoblación en el horizonte, los 7 millones de cubanos ofrecían un notable contraste con países como Indonesia o México. La Cuba de Batista exhibía un mayor grado de integración nacional que México después de 50 años de «revolución integrativa».
La combinación de los factores antes expuestos fueron generando en el interior las condiciones propicias para que, en 1951, Eduardo Chibás, líder del' Partido Ortodoxo y tutor político de Fidel Castro, manifestara en una transmisión radial: «Pueblo cubano, ¡despierta!».
La resistencia a los sucesivos regímenes dictatoriales de Machado, Grau San Martín y Fulgencio Batista - combinaciones de clientelismo, gansterismo y sumisión a los intereses del capital norteamericano- alentó un nuevo espíritu nacionalista que se convirtió en el último factor prerrevolucionario de tal potencialidad que, el 26 de julio de 1953, dio motivo al joven universitario Fidel Castro para dirigir un asalto frustrado al Cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, en una maniobra verdaderamente suicida. Tres años después, luego de su destierro en México, Fidel reaparece al frente del Movimiento 26 de Julio, enarbolando el Programa de Moncada, sustentado en la reforma agraria, reducción de las desigualdades sociales y fin a los privilegios de las sociedades extranjeras.
El movimiento se pertrecha en la Sierra Maestra, en el Oriente, donde opera como una pequeña guerrilla que muy pronto se afirmó entre los campesinos de la zona marginal, al mismo tiempo que se despierta un movimiento de resistencia urbano que fue objeto de la represión policiaca del régimen.
Fidel Castro llama a una huelga general que no obtiene respuesta en la medida en que el movimiento obrero no comunista se alía al gobierno de Batista, el Partido Comunista se declara neutral y la clase obrera urbana se mantiene expectante frente al conflicto.
El movimiento revolucionario avanza hacia las zonas cañeras, inquietando a los industriales, quienes ponen en duda la capacidad de Batista para detener al ejército rebelde.
La reacción del gobierno norteamericano es equívoca e insuficiente, limitándose a declarar un embargo de armas a la isla. Su actitud reflejaba la lógica de la Guerra Fría, pues más que una oposición a un régimen revolucionario se trataba de preservar el espacio hegemónico que consideraba propio. Cuba había tomado un camino distinto a las revoluciones que le precedieron al insertarse en el bloque soviético.
En enero de 1959 «los barbudos» -como se les llamaba a los seguidores de Fidel Castro- entran a La Habana y toman por asalto el Palacio Nacional. Este hecho marca el triunfo de la revolución y el inicio de una saga en la historia latinoamericana de este siglo, mostrando en sus albores la naturaleza caudillesca del nuevo régimen y su intolerancia frente a la disidencia, como fue el caso de la expulsión del presidente Urrutia.
En el plano económico, el régimen revolucionario comenzará a dar los primeros pasos hacia la reorientación del régimen de propiedad, situación que alarmó a los sectores moderados y competentes que habían apoyado al nuevo gobierno, ante lo cual, en 1961, el Partido Comunista los desplaza de los cuadros directivos.
Las administraciones de Eisenhower y Kennedy aplican medidas de bloqueo económico que se combinarán con el intento fallido de invasión a la isla (Bahía de Cochinos o Playa Girón). Su virtual aislamiento del panamericanismo la hizo depender militar, económica y políticamente de la Unión Soviética. Sin embargo, la crisis de los misiles en 1962 señaló los límites del apoyo que Cuba podría esperar de su poderoso aliado.
Han pasado cinco décadas de la permanencia de la Dinastía Castrista en el poder, ejerciéndolo de manera total e ininterrumpida. No es la más vieja jefatura de Estado, pero, sin duda, es la más antigua.
La guerra de Vietnam.
La región asiática, llamada Indochina, constituye un caso paradigmático de lucha por la liberación colonial que, luego de la Segunda Guerra Mundial, fue el fenómeno político característico de esta época, aunque no haya significado, necesariamente, la instauración de Estados con regímenes democráticos y con posibilidades reales de abandonar las condiciones de pobreza. Aún más, en el curso de esta guerra, Estados Unidos surge como el heredero de las antiguas colonias de los imperios europeos.
A partir de 1887 y hasta la Segunda Guerra Mundial, el mapa de la región registraba la existencia de la «Unión de Indochina», una agrupación de Estados que se encontraban bajo el control de! gobierno francés, que incluía a Vietnam -dividido, a su vez, en Cochinchina, Tonkín y Annam- y a los reinos de Camboya y Laos. En realidad, se trataba de protectorados que dependían del Ministerio de Colonias de París, con excepción de Cochinchina, que jurídicamente sí era una colonia.
Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Alemania derrota a Francia y se establece un gobierno colaboracionista, Japón pasó a ocupar militar y económicamente a Indochina, aunque se acordó mantener el estatus de colonia francesa con el gobierno de Vichy.
Posteriormente, en 1945, Japón obtiene el control político en la región e intenta unificar Vietnam en un solo Estado.
La capitulación de Japón en agosto de 1945 permitió la toma del poder por parte de las organizaciones revolucionarias lideradas por Ho Chi Minh, que desde 1941 se habían venido oponiendo al dominio
colonial francés y posteriormente a la ocupación japonesa. Este gobierno se establece en Hanoi en septiembre de 1945, proclamando la «República Democrática de Vietnam».
Poco habrían de durar las aspiraciones independentistas del gobierno revolucionario, ya que a partir de los acuerdos de Potsdam, las potencias habían decidido dividir a Vietnam en dos zonas; una que sería desalojada por China, y otra que sería desalojada por los ingleses, colocando a Indochina bajo resguardo internacional. Sin embargo, Francia, bajo la presidencia de Charles de Gaulle, no abandonó su interés de recuperar su anterior posición colonial.
Aprovechando la debilidad del nuevo gobierno de Ho Chi Minh en el sur de la región, debido a divergencias políticas y culturales, y rearmada por los ingleses durante la desocupación japonesa, Francia retoma el mando en Saigón, capital de Cochinchina, instaurando, en junio de 1946, un gobierno provisional que carecía de estructura administrativa y sin bases populares de legitimación. A partir de este momento se inicia una lucha armada entre el gobierno de Hanoi y las tropas coloniales, que habría de prolongarse hasta 1954, año que marca la finalización definitiva de la ocupación francesa de Indochina.
El «Ejército Popular Vietnamita», encabezado por Ho Chi Minh y el general Giap, puso en práctica la táctica militar de la guerra de guerrillas, con desplazamientos en el interior que le fueron sumando adeptos entre los campesinos y el ala nacionalista. No menos importante fue el apoyo militar recibido del gobierno comunista chino, así como el reconocimiento, en 1950, de la «República Democrática de Vietnam» por parte de la Unión Soviética.
Por el contrario, las administraciones de Truman y Eisenhower no dejaron de apoyar al emperador Boa Dai, último bastión del colonialismo francés, bajo el presupuesto de que el comunismo podría extenderse, como fichas de dominó, hacia el resto de Asia sudoriental, sobre todo por los antecedentes de la intervención de China Popular en Corea.
Ante la inminente caída del régimen sudvietnamita, el gobierno francés solicitó la ayuda de Estados Unidos, que intentó involucrar a los ingleses en una maniobra militar intervencionista con el argumento de la mutua seguridad estratégica. El gobierno británico no aprobó la iniciativa y propuso una solución negociada al conflicto, dada la amenaza que representaba para la paz mundial. En el interior del Congreso de los Estados Unidos también hubo posiciones confrontadas al respecto, donde los senadores demócratas John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson se opusieron a la intervención militar, no así el vicepresidente Richard Nixon.
Así, abandonadas a su suerte, las fuerzas francesas fueron derrotadas en Indochina en mayo de 1954, iniciándose en Ginebra las negociaciones en las que participaron Francia, Inglaterra, Estados Unidos, la Unión Soviética, por primera vez la República Popular China, y una representación de los países asiáticos involucrados, incluyendo a Laos y Camboya. Los resultados de esta Conferencia fueron decisivos para el futuro de la región, en principio porque se resolvió dividirla en dos zonas para, posteriormente, realizar elecciones en torno a la reunificación; luego, porque Estados Unidos y Vietnam del Sur se negaron a firmar los acuerdos, en tanto que la Unión Soviética y China pusieron freno a las pretensiones expansionistas del gobierno de Hanoi, quien estaba seguro de ganar los comicios.
La inestabilidad política de Vietnam del Sur, cuyo presidente, Ngo Dinh Diem, se había negado a realizar las elecciones acordadas en Ginebra, contrastaba con la consolidación de los comunistas en el norte, bajo las directrices del politburó del llamado "Partido de los Trabajadores», cuyo activismo político no dejó de ejercer- en el territorio de Vietnam del Sur a través de organizaciones clandestinas y otras partidistas, articuladas por el «Frente de Liberación Nacional», cuyo brazo armado se denominaba el «Vietcong». Es así como, a partir de 1960, se inicia una nueva fase del conflicto bélico en Indochina con una cada vez mayor participación militar y económica de los Estados Unidos, que se basó en la tesis de la «política de contención» que sostenía John F. Dulles, ya que económicamente Vietnam nunca representó un espacio de importancia económica estratégica para el gobierno norteamericano. Por el contrario, el financiamiento de la intervención militar -que en 1967 llegó a tener hasta 550 mil efectivos en el frente- nunca se compensó con la actividad exportadora de Vietnam del Sur.
Lo que comenzó como un apoyo logístico al régimen autoritario de Diem se convirtió, en 1964, en una intervención directa de las fuerzas armadas norteamericanas apoyada por el Congreso y ordenada por el presidente Johnson, bombardeando posiciones de aprovisionamiento de Vietnam del Norte. Conforme la guerra se intensificaba, las tropas estadounidenses comenzaron a dar muestras de desmoralización entre sus filas, que se acentuaba conforme la opinión pública internacional, y particularmente la sociedad norteamericana, ejercían una severa condena a la lucha desigual que se escenificaba en el sudeste asiático.
La escalada ofensiva de Vietnam del Norte, emprendida en 1968, dejando tras de ella una estela de destrucción y muerte, determinó un cambio de orientación en la política de los Estados Unidos, que se vio obligado a iniciar las negociaciones de paz en París, mismas que, luego de múltiples condicionamientos y obstáculos, concluyeron el 27 de enero de 1973 con la firma de un pacto entre Estados Unidos, Vietnam del Norte y Vietnam del Sur, cesando así las hostilidades. Antes de ello, el presidente Nixon ordenó los últimos bombardeos para obligar al gobierno de Hanoi a aceptar sus condiciones.
Al parecer, la situación política que quedó vigente en Indochina luego de los acuerdos de paz -sin ganadores ni perdedores aparentes- no justificó la extraordinaria pérdida de vidas humanas y el incalculable gasto militar a lo largo de tantos años. La unificación del sur con el régimen del norte no trajo paz a la zona. Nuevos escenarios de inestabilidad se desencadenaron en la región, fruto de la intolerancia y de la aplicación del mismo principio de hegemonía ideológica, realizada ahora por la república recién unificada, que hicieron reaparecer la crueldad en distintas versiones: las matanzas de PoI Pot, la ocupación de Laos y Camboya, los incidentes fronterizos con China y Tailandia.
Afganistán.
Los primeros pobladores del territorio afgano fueron tribus nómadas que se establecieron en las montañas hacia 1500 a. de C. Posteriormente, formó parte del imperio persa hasta la llegada de Alejandro Magno. En aquellos tiempos, la zona estuvo dominada por los bactrianos y los kushanas, tribus de creencias budistas, hasta que el Islam penetró hacia mediados del siglo VII por la influencia de los turcos, que también ocuparon el territorio hasta la invasión de los mongoles de Genghis Khan, quienes permanecieron en parte de lo que hoy es Afganistán, en tanto otro territorio fue dominado por los persas sefawíes. Como nación moderna, Afganistán tuvo sus orígenes en el siglo XVIII, cuando Ahmad Sha Durrani logró unificar a todas las tribus en 1747, logrando expulsar a persas e indios para establecer una monarquía que reinó hasta 1973.
Igualmente compleja, la historia de Afganistán es la de la lucha permanente contra invasiones foráneas, dada su condición geográfica estratégica que ha separado a civilizaciones como la china, iraní, rusa e india y al mismo tiempo ha sido el eslabón clave en la ruta transcontinental entre el Lejano Oriente, el Oriente Medio y Europa; aunque de hecho nadie logró colonizarlo, ni siquiera en los tiempos de dominio anglo-ruso (siglos XVII y XIX).
Afganistán, integrante de la desaparecida Unión Soviética, se sumergió en un conflicto interno por el control del país, hoy en manos de los talibán (cuyo significado es estudiantes, en persa), un grupo islámico radical señalado de establecer severos códigos de justicia amputaciones y muerte por lapidación y diversas violaciones a los derechos humanos.
Ya constituida como nación, Afganistán no dejó de verse asediada por otros países. En el siglo XIX, los persas - ayudados por Rusia- vieron la posibilidad de expandirse hacia el Océano Índico, pero Gran Bretaña envió tropas para evitarlo y controló la situación instaurando un gobierno acorde con sus intereses. No obstante, las aguerridas tribus afganas se opusieron a la presencia inglesa y recuperaron la soberanía nacional en 1921.
La monarquía encabezada por el rey Mohammad Zahir Shah exiliado en Italia- fue derrocada el 17 de julio de 1973 luego de un golpe militar encabezado por Muhammad Daoud Kan, quien instauró la República y se proclamó presidente, apoyado por seguidores de izquierda. Sin embargo, hacia finales de su mandato, Daoud comenzó a aislarse de los izquierdistas y de la influencia soviética, lo que contribuyó al golpe militar comunista en abril de 1978, conocido como el Saur o la Revolución de Abril. El presidente depuesto y su familia fueron asesinados y Nuy Mohammad Taraki asciende al poder como jefe del primer gobierno marxista. En octubre de 1979, Taraki también es ejecutado y sustituido por Hafizullah Amin, un despiadado dirigente nacionalista.
Para poner fin a la inestabilidad y para afianzar su posición en Oriente Medio, Amin es asesinado y en 1979 el Ejército Rojo invade Afganistán argumentando apoyar al gobierno de orientación comunista e imponiendo a Babrak Karmal como nuevo presidente, lo que produce una guerra civil entre el gobierno prosoviético y la guerrilla islamista para lo cual, en 1986, el gobierno de Washington a través de la CIA y en alianza con Pakistán y Arabia Saudita, recluta a radicales islámicos para unirse a la guerra que libraban los muyahidin (guerreros afganos islámicos) contra la intervención soviética, campaña en la que participó el propio Osama Bin Laden.
Las acciones bélicas -que significaron un millón de muertes y millones de afganos que huyeron del país- duraron de 1986 a 1989, cuando se produjo la retirada del ejército soviético, lo cual no significó el fin del conflicto, pues se abrió una nueva guerra civil entre las facciones muyahidin. En 1992 cayó el entonces presidente Mohamed Najibulá y en septiembre de ese mismo año se formó un gobierno de coalición entre las facciones guerrilleras, en tanto la ONU buscaba alcanzar una transferencia pacífica del gobierno.
En 1996 la facción de los talibán toma el poder en Kabul, la capital, y establece un gobierno fundamentalista basado en la Sharia o «ley islámica», liderado por el profesor Burhanuddin Rabbani y ejerciendo el dominio en 90% del territorio afgano. Es bajo esta orientación cuando Osama Bin Laden proclama la Fatwua, que significa que todo musulmán tiene el deber de matar a ciudadanos norteamericanos y a quienes sean sus aliados.
El régimen talibán es señalado reiteradamente por la comunidad internacional de aplicar políticas islámicas extremistas, sobre todo en lo referente al limitado papel de la mujer en la sociedad y sus derechos a la educación y al trabajo. Por otra parte, mientras el control de los talibán crecía, Occidente presionaba para que Afganistán dejara de ser la principal zona de plantación del opio que se consume en Europa, al mismo tiempo que el gobierno de Estados Unidos exigía al régimen entregar al disidente islámico de origen saudita Osama Bin Laden, quien asilado en territorio de Afganistán era considerado como un «invitado», si bien utilizó la región montañosa como refugio de Al Qaeda (La Base), la organización terrorista comandada por Bin Laden.
La situación se complicó a partir de los atentados a las Torres Gemelas y a las instalaciones del Pentágono el 11 de septiembre de 2001, cuya autoría intelectual se le atribuyó a Bin Laden, quien tenía una compleja red de campos de entrenamiento. La posterior campaña militar de los Estados Unidos en territorio afgano con el objetivo de localizar y eliminar a Bin Laden resultó un fracaso, pero logró derrocar al régimen talibán e instaurar un gobierno provisional. En las primeras elecciones democráticas en la historia del país celebradas en 2004, Hamid Karzai es elegido como presidente de Afganistán como parte de un gobierno de coalición. Esta transición está marcada por la incertidumbre, entre otras razones por la deplorable situación económica del país que dejó tras de sí la intervención norteamericana.